La cena transcurría bajo una fachada de cortesía. Thomas, como siempre, hablaba más de la cuenta, mientras Fabián se limitaba a observar en silencio, con la mandíbula apretada, disimulando apenas su incomodidad tras una copa de vino.
—Ana, ¿ya te dije lo hermosa que estás esta noche? —dijo Thomas inclinándose un poco más hacia mí, su voz baja, como si compartiera un secreto. Me sonrió con esa confianza peligrosa de los hombres que creen que todo les pertenece.
—Gracias —dije sin mirarlo directa