El carro frenó en seco frente a la mansión. La noche era silenciosa, pero dentro del auto todo era un campo de batalla.
Fabián tenía la mirada fija al frente, los nudillos blancos de tanto apretar el volante. El aire era denso, caliente… y no por el clima.
—Bájate —ordenó con una voz grave, llena de una furia apenas contenida.
Tragué saliva y, con el corazón golpeándome en el pecho, respondí con calma:
—Fabián, lo mejor es que dejemos de confundir las cosas. Llévame a mi casa, por favor. Pro