El sol del día siguiente entraba filtrado por las cortinas.
Sofía abrió los ojos y tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
Se giró despacio.
Eduard seguía tumbado encima del edredón, de lado, con el pelo despeinado y la camiseta arrugada.
Por un instante, Sofía sintió algo parecido a paz.
Duró poco.
Eduard abrió los ojos, como si hubiera notado que ella lo miraba.
—Buenos días —murmuró.
—Eso está por ver —respondió ella.
Él incorporó el torso, apoyando los codos en la cama.
—¿Dormiste algo?
—Más que otras veces —admitió—. Tú roncas menos de lo que imaginaba.
—No ronco.
—Claro.
Una media sonrisa se le escapó.
Eduard miró el reloj de la mesilla.
—Lucas nos recoge en una hora —informó—. Bajamos a desayunar y nos vamos.
Sofía asintió. No quería alargarlo más.
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Se despidieron del hotel con la rapidez.
En el coche, el ambiente estaba extraño. Ni hostil ni cómodo. Algo entre medias.
Lucas conducía, con la atención clavada en la carretera.
—He escrito a un contacto de archivos antig