La habitación se fue quedando en silencio por la noche.
Era un silencio cargado, espeso… uno que no dejaba descansar, solo pensar.
Eduard estaba sentado a los pies de la cama, con el teléfono en la mano sin llegar a usarlo.
Tenía la corbata aflojada, los ojos rojos de no dormir y el ceño fruncido de quien lleva demasiadas horas sosteniendo el peso de alguien.
—Voy a… —dijo de repente, poniéndose de pie—. Necesito una ducha, cambiarme, traer cosas. No tardaré.
Sofía asintió, agotada.
—Ve. De verdad. Pareces un fantasma con traje.
Él intentó sonreír, pero le salió un gesto triste.
—Volveré antes de que empiece a dolerte otra vez.
La puerta se cerró tras él.
Vanesa tomó aire y se dejó caer en la silla que Eduard acababa de dejar libre.
—Vale, amiga… hemos sobrevivido a interrogatorios, suegras psicópatas y balas personalizadas. ¿Qué toca ahora? ¿Quieres café? ¿Un croissant? ¿Un exorcismo?
—Café —dijo Sofía, dejándose hundir en la almohada.
—Perfecto. Voy antes de que tu prometido frustra