Cuando la policía salió, Eduard entró casi de inmediato.
No preguntó si podía.
No pidió permiso.
Solo cruzó la puerta y buscó la cara de Sofía.
—¿Qué les has dicho? —preguntó.
—La verdad —respondió ella—. O parte de ella.
Vanesa se estiró.
—Yo voy a por agua, hielo, café o un exorcista, lo que sea que haga falta —anunció—. Os dejo cinco minutos. Si sube la tensión, grito desde el pasillo.
Los dejó solos.
Eduard se acercó despacio.
—¿Has dicho su nombre? —preguntó, bajo—. El de Ethan.
—Sí.
—Bien.
La rapidez de su respuesta la sorprendió.
—¿No te preocupa meterlo sin pruebas?
—Me preocupa más dejarte desprotegida —dijo él—. Y si los policías empiezan por él, quizá se acerquen también a quien lo manda.
Sofía lo miró fijo.
—¿Crees que alguien lo manda?
Eduard apoyó una mano en el borde de la cama.
—No creo que Eth