El coche no volvió a aparecer.
Pero tampoco desapareció del todo.
Porque lo peligroso no era que alguien los siguiera…
era que alguien supiera cuándo dejar de hacerlo.
Eduard condujo de vuelta sin música, sin comentarios innecesarios. Sofía notaba cómo cada cruce, cada semáforo, cada reflejo en los retrovisores se le quedaba grabado en la piel.
—No era casualidad —dijo ella al fin, rompiendo el silencio—. Lo sé.
Eduard no lo negó.
—Yo también.
Vanesa suspiró desde atrás.
—Vale. Entonces asumimos que estamos oficialmente en “romance peligroso con amenaza invisible”. Me gusta saber en qué género vivo.
Nadie se rió.
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La casa que Eduard había elegido como refugio provisional no era grande, pero tenía algo que la mansión nunca tuvo: intimidad real.
Una cocina abierta. Ventanas sin cortinas pesadas. Habitaciones que no parecían diseñadas para vigilar.
Sofía dejó el bolso sobre la mesa y se apoyó un segundo en la encimera.
—Necesito… cinco minutos sin pensar —murmuró.
Eduard asintió.
—Ve. Y