El coche no volvió a aparecer.
Pero tampoco desapareció del todo.
Porque lo peligroso no era que alguien los siguiera…
era que alguien supiera cuándo dejar de hacerlo.
Eduard condujo de vuelta sin música, sin comentarios innecesarios. Sofía notaba cómo cada cruce, cada semáforo, cada reflejo en los retrovisores se le quedaba grabado en la piel.
—No era casualidad —dijo ella al fin, rompiendo el silencio—. Lo sé.
Eduard no lo negó.
—Yo también.
Vanesa suspiró desde atrás.
—Vale. Entonces asumimo