Salir de la casa fue más difícil de lo que Sofía había imaginado.
No por miedo.
Sino porque hacía meses que no lo hacía sin sentir que estaba huyendo.
Esta vez no escapaban. Esta vez iban a elegir.
Eduard cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, como si aquel gesto tuviera un peso simbólico que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Primera parada: el lago —dijo él mientras caminaban hacia el coche—. El segundo sitio está a media hora. Y el tercero… —h