Salir de la casa fue más difícil de lo que Sofía había imaginado.
No por miedo.
Sino porque hacía meses que no lo hacía sin sentir que estaba huyendo.
Esta vez no escapaban. Esta vez iban a elegir.
Eduard cerró la puerta con llave y se la guardó en el bolsillo interior de la chaqueta, como si aquel gesto tuviera un peso simbólico que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.
—Primera parada: el lago —dijo él mientras caminaban hacia el coche—. El segundo sitio está a media hora. Y el tercero… —hizo una mueca— es el favorito de mi madre.
Sofía alzó una ceja.
—Entonces descartado automáticamente.
Eduard sonrió de lado.
—Pensé lo mismo.
Vanesa, desde atrás, carraspeó.
—Recordatorio amistoso: estoy aquí para impedir que esta boda se convierta en un tratado de paz entre familias mafiosas.
⸻
El primer lugar era sencillo.
Demasiado, quizá.
Un pequeño espacio de madera junto al lago, rodeado de árboles altos, con una terraza que daba directamente al agua. No había lujo. No había cámaras. No ha