Sofía despertó con la sensación incómoda de haber sido observada.
No un miedo concreto.
No un ruido.
Solo esa presión sutil en el pecho que aparece cuando la intuición intenta hablar antes que la razón.
La casa estaba en silencio.
Demasiado.
Se incorporó despacio, con cuidado de no hacer crujir la cama. Desde la habitación pudo oír pasos abajo. Voces. Bajó las escaleras sin prisa.
Eduard estaba en la cocina, apoyado en la encimera, con el móvil en la mano. Vanesa se servía café como si fuera munición.
—Buenos días —dijo Sofía.
Eduard levantó la vista.
—¿Has dormido?
—No del todo —respondió—. ¿Tú?
—Nada.
Vanesa intervino:
—Confirmo. He visto a Eduard mirar por la ventana como un protagonista de thriller a las cuatro de la mañana.
Eduard no sonrió.
—Tenemos que cambiar algunos planes.
Sofía se tensó.
—¿Qué tipo de planes?
—Los de “nadie sabe dónde estamos”.
Dejó el móvil sobre la mesa y se lo deslizó.
En la pantalla, una imagen borrosa: la parte trasera de un coche oscuro, tomada desde