La enfermera apenas dejó la puerta entornada cuando dos personas cruzaron el umbral.
Un hombre y una mujer.
Los dos de civil, pero con esa forma de mirar que delataba el oficio: ojos que lo absorben todo, manos sin movimientos inútiles.
—Buenos días —saludó él, mostrando una placa—. Inspector Rivas. Ella es la subinspectora Álvarez. ¿Es la señorita Sofía Becker?
Sofía tragó saliva.
—Sí —respondió—. Soy yo.
Vanesa, al lado de la cama, le apretó la mano por debajo de la sábana.
Eduard se mantuvo