La enfermera apenas dejó la puerta entornada cuando dos personas cruzaron el umbral.
Un hombre y una mujer.
Los dos de civil, pero con esa forma de mirar que delataba el oficio: ojos que lo absorben todo, manos sin movimientos inútiles.
—Buenos días —saludó él, mostrando una placa—. Inspector Rivas. Ella es la subinspectora Álvarez. ¿Es la señorita Sofía Becker?
Sofía tragó saliva.
—Sí —respondió—. Soy yo.
Vanesa, al lado de la cama, le apretó la mano por debajo de la sábana.
Eduard se mantuvo erguido junto a la ventana, como si estuviera a punto de interponerse entre Sofía y cualquier palabra mal puesta.
Rivas miró alrededor.
—¿El señor Wood? —preguntó, como si ya supiera quién era.
—Eduard —se presentó él, cortante.
—Me han dicho que estaba con ella cuando ocurrió el disparo —asintió el inspector—. Necesitaré su declaración también, pero… empezaremos por la señorita Becker, si no le importa.
Eduard tensó la mandíbula.
—Quiero estar presente.
Álvarez lo evaluó un momento.
—Podemos to