—¿Puedo saber qué está pasando aquí? —preguntó sin saludar, sin mirar a nadie, sin pedir permiso. Simplemente avanzó, ocupando el centro de la habitación.
Lucas enderezó la espalda instintivamente.
Eduard cerró los ojos un segundo, como si pidiera paciencia al universo.
Sofía, en cambio, sintió una punzada en el estómago.
Cada aparición de Isabel significaba juicios, presión… y mentiras.
—Estamos en medio de algo importante —dijo Eduard, serio.
—Y yo soy tu madre —respondió ella—. Importante soy yo también. Ahora, ¿qué ocurre? ¿Por qué Lucas revisa cámaras? ¿Por qué vienes tenso desde anoche? ¿Y por qué la prometida aparece envuelta en más problemas cada día?
Isabel clavó los ojos en Sofía como si fuera un expediente.
—No es momento —murmuró Eduard.
—Lo es —corregió Isabel—. Y mucho.
Caminó hacia la pantalla donde la figura del hombre aparecía congelada frente al portón.
—Oh —dijo con una frialdad peligrosa—. Así que tenemos visitas nocturnas.
Sofía sintió un escalofrío.
Isabel juntó