Cada cosa en su lugar

Eduard Wood odiaba sentirse fuera de control.

Y llevaba demasiados días sintiéndose exactamente así.

Por eso, a la mañana siguiente, pidió algo que no solía pedir:

—Quiero hablar con vosotras dos —dijo—.

Isabel y Natalia se miraron un segundo.

Aquello les convenía.

Se reunieron en el despacho.

Eduard estaba de pie junto a la ventana, mirando los jardines.

—Ayer hablé con Sofía —empezó—.

—Dice —continuó— que antes del accidente yo la dejaba bastante libre. Que pasaba más tiempo contigo, Natalia, que con ella. Y que nuestro compromiso es solo por interés.

Natalia sonrió por dentro.

—Bueno… no está mintiendo exactamente —dijo, con voz suave—. El compromiso fue una decisión… estratégica.

Isabel la apoyó sin dudar.

—Fue un acuerdo —confirmó—. Tú mismo insististe en dejarlo claro en el documento, Eduard.

Él frunció el ceño, como si intentara recordar su propia frialdad por escrito.

—¿Y por qué lo acepté? —preguntó—. ¿Por qué ella y no otra?

—Porque resultaba conveniente —Isabel fue rápid
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