La mañana después de la cena con los Becker comenzó con el mismo mensaje de siempre:
“Sofía, baja. Necesitamos ayuda en el salón.”
Firmado: Isabel.
No decía “por favor”.
Nunca decía “gracias”.
Solo órdenes.
Sofía se recogió el pelo en un moño rápido, ajustó la camiseta y bajó las escaleras con esa mezcla de resignación y calma que estaba aprendiendo a dominar.
En el salón, Isabel revisaba un tablero lleno de invitaciones, planos de mesas y fotografías de decoración.
—Llegas tarde —dijo, sin mir