La mañana después de la cena con los Becker comenzó con el mismo mensaje de siempre:
“Sofía, baja. Necesitamos ayuda en el salón.”
Firmado: Isabel.
No decía “por favor”.
Nunca decía “gracias”.
Solo órdenes.
Sofía se recogió el pelo en un moño rápido, ajustó la camiseta y bajó las escaleras con esa mezcla de resignación y calma que estaba aprendiendo a dominar.
En el salón, Isabel revisaba un tablero lleno de invitaciones, planos de mesas y fotografías de decoración.
—Llegas tarde —dijo, sin mirarla.
Sofía ni se molestó en aclarar que no era cierto.
—Hoy tenemos visita de socios —continuó Isabel—. La casa debe parecer impecable. Quiero que te encargues de pulir las copas del comedor y organizar las flores.
—Perfecto —respondió Sofía.
—No respondas siempre con esa frialdad —añadió Isabel, cruzando los brazos—. La gente se acostumbra demasiado rápido a que ni sientas ni pienses. Y eso termina dándoles ideas equivocadas.
Sofía sonrió por dentro.
“Oh, Isabel… ojalá supieras cuántas ideas e