Eduard no estaba escuchando a nadie.
Ni a los socios.
Ni a Natalia.
Ni siquiera a su propia respiración.
Solo veía una cosa:
Sebastián Miller tenía la mano en la cintura de Sofía.
Y Sofía no lo apartaba.
Natalia se inclinó hacia él con sonrisa venenosa.
—Ignóralo, Eduard. Sofía siempre ha tenido… impulsos. No te rebajes por algu—
Él la cortó sin siquiera mirarla.
—Cállate.
Natalia se quedó rígida, ofendida.
Pero Eduard ya había dado un paso hacia la pista.
Luego otro.
Luego un tercero, como si cada metro que los separaba fuera un insulto.
⸻
Sofía estaba intentando no temblar.
Era un baile.
Solo un baile.
Pero el modo en que Sebastián la sostenía…
El modo en que la sala desaparecía a su alrededor…
El modo en que, por unos segundos, se sentía vista…
Era demasiado.
—Tranquila —murmuró Sebastián, sin perder el compás—. Nadie va a morderte.
—No seas idiota —susurró ella—. Eduard está—
—Aquí —interrumpió Sebastián.
Porque Eduard ya estaba frente a ellos.
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La música siguió.
Pero todo lo dem