La mañana amaneció gris, pero la mansión Wood tenía esa extraña capacidad de hacer que incluso el mal tiempo pareciera parte del decorado.
Sofía bajó a la cocina en silencio, intentando ignorar el latido incómodo que llevaba desde la noche anterior.
La sombra al final del pasillo.
La mirada de Eduard.
La pregunta que no se atrevió a responderle.
Demasiado para un solo día.
Cuando empujó la puerta de la cocina, Natalia estaba sentada en la isla central, con el móvil en la mano y una sonrisa molesta ya preparada.
—Llegas tarde —dijo sin levantar la vista.
Sofía miró el reloj.
—Son las siete y veintitrés.
—Exacto —respondió Natalia—. Veintitrés minutos tarde para ser útil.
Sofía agarró una jarra con demasiada fuerza.
—No eres mi jefa —respondió ella sin emoción.
—Pero debería —respondió Natalia con una sonrisa perfecta—. Alguien tiene que recordarte cuál es tu lugar, querida.
Antes de que Sofía respondiera, Isabel entró.
Con paso elegante, expresión fría y una carpeta en la mano.
—Natali