—Sabes qué… déjame en la siguiente dirección —dijo Maryam con la voz cansada, mirando por la ventana del auto.
Bernardo la observó de reojo, pero no insistió.
Detuvo el coche frente a un edificio discreto, elegante, pero algo solitario.
Maryam bajó con su maleta, el corazón golpeándole el pecho.
Caminaba sin rumbo fijo, pero el aire de la noche le devolvía cierta paz.
Aquel departamento de soltera había sido un regalo de su abuela, un refugio de juventud al que juró no volver jamás.
Sin embargo,