Al día siguiente, el ambiente en el hospital estaba cargado de un silencio pesado, casi insoportable.
Aurora caminaba de un lado a otro frente a la sala de espera, con los dedos entrelazados y los labios apretados en una línea temblorosa.
Braulio, sentado en una de las sillas metálicas, tenía la mirada fija en el suelo. Parecía un hombre que había envejecido diez años en una sola noche.
Cuando el doctor apareció al final del pasillo, ambos se levantaron de inmediato. Su bata blanca se movía con