Maryam salió de ese spa con pasos rápidos, sin mirar atrás.
Llevaba su maleta a medio cerrar, y las lágrimas aún le humedecían las mejillas. El viento de la tarde le golpeaba el rostro, pero ella apenas lo sentía.
Caminaba sin rumbo, con el corazón latiendo tan fuerte que apenas podía respirar. Sentía rabia, impotencia, decepción.
“¿Cómo es posible que Hernando siga tratándome así? ¿Después de todo lo que he soportado, todavía tiene el valor de hacerme sentir culpable?”, pensó mientras avanzaba