Braulio conducía con una desesperación que jamás había sentido. El motor rugía como si compartiera su angustia, y las luces de los autos que dejaba atrás se difuminaban en líneas inciertas. Su corazón latía tan fuerte que parecía retumbarle en los oídos. Cada segundo le pesaba, cada semáforo en rojo lo hacía temer lo peor. Cuando por fin llegó al edificio, detuvo el auto sin siquiera preocuparse por estacionarlo.
La puerta quedó abierta, balanceándose con el viento helado de la madrugada.
Alzó l