—¡¿Tu novia?! —la voz de Hernando retumbó en el salón, grave, colérica, imposible de ignorar.
Un silencio incómodo se extendió entre los asistentes.
Las copas dejaron de tintinear, las conversaciones se ahogaron en murmullos apenas contenidos.
El aire se volvió denso, casi irrespirable.
—¡Qué vergüenza, Maryam! —dijo Claudia, su rostro transformado por la furia—. Eres una mujer casada, aún no te has divorciado… y ya te presentas con otro hombre del brazo.
Sus palabras fueron cuchillos que rebo