Braulio miró al doctor con el corazón encogido, sintiendo cómo la garganta se le cerraba.
—¿Puedo ver a mi esposa? —preguntó, y su voz sonó quebrada, como si hubiera corrido kilómetros para llegar hasta allí.
El doctor asintió con un gesto serio y cansado.
—Pase. Solo usted, por ahora.
Braulio no esperó una segunda invitación. Su cuerpo se movió solo, impulsado por una angustia que lo devoraba por dentro como una criatura desesperada por escapar del encierro. Sabía que los demás estaban afuera