Juliette
—¿Qué has dicho?
Mi pregunta salió como un graznido. Me sentía mareada, como si el oxígeno de la habitación se hubiera consumido de golpe, dejándome asfixiada frente al hombre que sostenía mi vida en sus manos.
Seth me soltó. Dió un paso atrás y se apoyó en el borde de su escritorio, cruzándose de brazos. La tela de su camisa se tensó sobre sus bíceps, y por un segundo absurdo y traicionero, recordé lo que se sentía tener esos brazos alrededor de mí.
Pero su mirada no ofrecía refugio.