Juliette
—¿Qué has dicho?
Mi pregunta salió como un graznido. Me sentía mareada, como si el oxígeno de la habitación se hubiera consumido de golpe, dejándome asfixiada frente al hombre que sostenía mi vida en sus manos.
Seth me soltó. Dió un paso atrás y se apoyó en el borde de su escritorio, cruzándose de brazos. La tela de su camisa se tensó sobre sus bíceps, y por un segundo absurdo y traicionero, recordé lo que se sentía tener esos brazos alrededor de mí.
Pero su mirada no ofrecía refugio. Ofrecía una celda.
—Creo que me has escuchado perfectamente, Juliette —dijo, con esa calma gélida que me aterraba más que sus gritos—. He dicho que te quiero a ti.
—Estás loco —sacudí la cabeza, retrocediendo hacia la puerta—. Soy una mujer casada. No puedes... comprarme como si fuera un mueble para saldar las deudas de Julian.
—No te estoy comprando. Estoy ofreciendo un intercambio de servicios. —Seth tomó un sorbo de su whisky, observándome por encima del borde del vaso—. Julian me debe cincue