Juliette
El camino de regreso al salón de baile se sintió como caminar hacia mi propia ejecución.
Seth iba un paso por delante de mí, abriendo el camino con esa autoridad natural que hacía que la gente se apartara sin que él tuviera que pedirlo. Yo lo seguía, arrastrando los pies, sintiendo que el contrato invisible que acababa de aceptar me quemaba la piel.
Cien días.
Cien días a merced del hombre al que le había roto el corazón y que regresó para destruirme.
Al entrar de nuevo en la fiesta, el ruido de las risas y el tintineo de las copas me golpeó como una bofetada. Todo seguía igual. Mi vida acababa de terminar sin que nadie se diera cuenta.
Vimos a Julian cerca de la barra. Estaba nervioso, inquieto mirando su reloj, mordiéndose una uña. Cuando nos vió, su rostro se iluminó con una esperanza patética que me revolvió el estómago.
Se acercó a nosotros casi corriendo.
—¿Y bien? —preguntó, mirando a Seth con ojos de cachorro suplicante—. ¿Hemos llegado a un acuerdo, señor Sai