Seth
El silencio que siguió al impacto no fue vacío. Fue pesado. Fue un monstruo oscuro que salió del auricular del teléfono y se tragó todo el aire de mi oficina.
—¿Juliette?
Mi propia voz sonó extraña, lejana, como si perteneciera a otro hombre. A un hombre que todavía tenía esperanza.
—¡Juliette, contéstame! —grité, golpeando el escritorio con el puño.
Nada.
Solo el zumbido estático de la línea muerta y el eco fantasma de ese estruendo final. Cristal estallando, su vehículo derrapand