Juliette
El sonido imaginario del reloj en mi cabeza era ensordecedor, más fuerte que la orquesta que tocaba un vals suave y más fuerte que las risas hipócritas de la alta sociedad.
Me quedé allí, parada en medio del salón de baile, viendo cómo Seth se alejaba con esa arrogancia depredadora, ignorando a Julian, desapareciendo entre la multitud como una sombra letal.
Mi mirada volvió a mi esposo. El hombre que me había prometido seguridad. Fingía hablar con unos hombres pero su mirada siguió discretamente a Seth y ví el rastro de nervios. Su mirada no se fijó en mí.
—Cinco minutos —murmuré para mí misma.
El pánico me arañó la garganta. ¿Debería decirle a Julian? Si le decía que Seth Saint James nos amenazaba, probablemente se echaría a reír y me diría que exageraba. Él necesitaba de su dinero, no lo alejaría tan fácilmente.
Seth no bromeaba. Lo había visto en sus ojos: ese vacío oscuro, esa determinación de acero. Si no subía a esa oficina, la policía entraría por esas puertas.