Las rejas de la mazmorra se cerraron con un estruendo metálico que resonó en todo el subsuelo. El eco fue tan frío como la orden de su Alfa.
—Nadie entra. Nadie la visita. Nadie la escucha.¡Es una orden !
Gael Lorentz estaba parado frente a la celda con los puños cerrados y los ojos encendidos de furia. Lidia, encerrada, no dijo una sola palabra. Sabía que cualquier frase en ese momento solo serviría para cavar su tumba más profundo.
—Si alguien desobedece mi orden —continuó Gael, sin apar