Capítulo — Bajo el Río de la Luna
Los días aprendieron a respirar sin prisa en la manada. Las patrullas iban y venían como olas, el martilleo de las reparaciones sonaba a mañana nueva, y al fondo, como campanadas pequeñitas, se oían los balbuceos de los trillizos. Siempre juntos. Siempre buscándose, enredándose las manitos como si ya supieran que el mundo es menos pesado cuando se comparte. Nayara los vigilaba con una ternura atenta, esa que nace de quien atravesó el exilio y regresó con el co