La noche era espesa en el bosque profundo. Una brisa húmeda recorría las ramas altas como si la misma Luna susurrara secretos olvidados entre las hojas. Las sombras eran largas y pesadas, y el aire parecía contener la respiración.
En el refugio oculto, Pedro, aún con el cuerpo maltrecho y la respiración irregular, abrió lentamente los ojos al sentir cómo una grieta de luz mental se abría en su conciencia.
—¿Hermano...? —susurró con voz apenas audible, pero firme en el lazo que los unía.
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