La mano de Alex es cálida, firme. El recuerdo del frío acero de Cassian en el pasillo del hospital es reemplazado instantáneamente por esta electricidad extraña. Su sonrisa es una invitación al desorden que intento mantener a raya.
—Será un placer, Dr. Vance —responde, su voz es grave y tiene ese tono de quien sabe que acaba de dejarme sin aliento.
Suelto su mano abruptamente y me giro hacia la entrada del edificio. Necesito moverme, romper la parálisis que me provoca su presencia.
—Vamos. Entre