El metal frío de la manija de la puerta del St. Jude’s me quemó la palma de la mano, un recordatorio brusco de dónde estaba. El contraste era un golpe: del satén suave y el aire acondicionado filtrado del ático, al olor acre de desinfectante y el rumor constante del hospital. Un solo día en el mundo de Alex había reescrito mi biología. Me sentía ligera, sexy, como si llevara un secreto brillante tatuado en la piel, un secreto que mis batas quirúrgicas no podían ocultar.
Fui directamente al pues