—No lo niegues, Logan —dijo Nathan en voz baja, casi un susurro rasgado—. Este fuego no lo inventé yo. Tú también lo sientes.
Esa frase lo desarmó. Logan quiso responder, decirle que estaba loco, que nada de eso tenía sentido, pero las palabras no salieron. En su lugar, el silencio se volvió insoportable. Su corazón martillaba con fuerza, y sin saber cómo ni por qué, dio un paso hacia él. Lo miró con rabia, con miedo… y con algo que lo traicionaba por completo.
Nathan no se movió. Se quedó quie