La oficina de Nathan se había vuelto, de forma involuntaria, el lugar favorito de Logan. No era suya, claro está, pero el descaro con el que se apropiaba del espacio hacía que pareciera lo contrario. Aquella mañana estaba sentado como siempre en la silla ejecutiva frente al escritorio de Nathan, con los pies alzados sobre la superficie impecable de la mesa, mientras devoraba con una calma insultante una fresa bañada en chocolate. El dulce provenía directamente de la pequeña nevera personal que