El auto de la familia Smith se detuvo frente a una de las boutiques más exclusivas de la ciudad. Los grandes ventanales dejaban ver maniquíes impecables vestidos con sedas, tules y encajes que brillaban bajo las luces cálidas. El aire alrededor parecía impregnado de lujo y de ese toque de ensueño reservado solo para las novias que soñaban con un día perfecto.
Nara descendió primero, con el porte de quien había nacido para ser observada. Su cabello oscuro, recogido en un peinado bajo y elegante,