La cochera de la mansión estaba en penumbras cuando Logan aparcó el coche. El motor aún rugía con el eco de la carrera, desprendiendo un calor que parecía llenar el espacio con olor a metal caliente y gasolina quemada. El chico se apresuró a bajar, cerrando la puerta con suavidad para no levantar sospechas. El casco aún pesaba en sus manos; ese objeto era testigo de la adrenalina que acababa de vivir y que lo tenía con la sangre hirviendo.
Miró a los lados. Los reflectores apagados sobre los co