El corazón me latía con prisa, temiendo sus palabras, que no me creyera.
—Vete —Me apresuré a decir, señalando la puerta con mi dedo tembloroso—. Ya tienes lo que querías. Ya sabes que no estoy embarazada. Lárgate.
—No —respondió, sin moverse—. No voy a irme.
—¿Por qué? ¿No te basta con humillarme delante de ella? ¿Tienes que quedarte a verme sufrir también? —dije desde lo profundo de mi dolor.
Para él, todo este maldito compromiso era un juego, un castigo hacerme convivir con esa mujer. Pero