No podía quedarme en la cama y echarme a morir, no después de la conversación con Vittoria, del recuerdo de mi hermana y mi padre.
La fiebre había desaparecido, para sustituirla con esa rabia que quemaba mis poros y mi alma. Mi cuerpo seguía débil, sí, pero mi mente estaba más clara. Cada palabra, cada golpe que había dado en el pecho de Cipriano resonaba en mi mente. Ya no había mentira, le había hablado desde mi mayor dolor, desde mi sufrimiento, desde la mujer que realmente había vivido es