La sala de reuniones estaba llena. Los capitanes. Los leales. Los que habían jurado lealtad a mi padre y que ahora me miraban como si yo fuera un niño perdido. Tan malagradecidos… Por mí esta Dinastía continuaba viviendo a pesar de estar destinada a morir hace quince años. Pero al parecer, a muchos se les había olvidado su lugar. Estos malditos viejos que agacharon la cabeza en el peor momento y no me quedó más opción que hacerme cargo, ahora se atrevían a actuar como valientes justicieros.
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