Después de hablar tanto con mi casero, el cual se llamaba Fabricio, terminé volviendo a mi apartamento a las tres de la madrugada. No sin antes romper la hoja con las reglas en su cara y decirle que no las seguiría.
Él no pareció molestarse. Incluso sonrió, pero me dio a entender que si me encontraba incumpliendo alguna regla, tenía que informarlo, ya que su pellejo estaría en peligro y lo comprendí.
En el mundo de la mafia, no se despide a las personas cuando hacen un mal trabajo, lo pagan con