LÍA
— No —. Dije en seco ante la propuesta de Dalton. Sé que era una locura salir a ligar a un extraño, pero él era diferente solo por el hecho de ser mi jefe.
— ¿Cómo? —Mi jefe me cuestionó sin poder creer mi respuesta.
— Gracias por el trago, señor Keeland, de verdad —. Le di una palmadita en el brazo, como si acabara de confesarme que creía en unicornios empresariales y relaciones sin cláusulas—. Pero no.
— ¿Por qué no?
— Porque tú eres mi jefe. Es muy diferente a venir a querer ligar con un