DALTON
El día había sido eterno. Reuniones tras reuniones, un mar de correos electrónicos sin responder, y periodistas apostados en cada esquina esperando arrancarme una declaración sobre el caso de John Douglas. Podría haber acabado agotado, con la mente hecha trizas, pero todo cambió en el instante en que crucé la puerta del edificio.
Sin embargo, lo que más me pesaba en ese instante no era la prensa ni los negocios, sino la carta que tenía guardada en la bolsa interna de mi saco. El mensaje q