LÍA
Llegar a mi casa con una cruda, no solo porque me bebí el vino, el tequila, y todo lo que estuviera a mi paso, sino emocional también.
El sol ya no pegaba directo en mi cara, pero mi cruda existencial seguía como si alguien me estuviera martillando el alma con un zapato de plataforma. Empujé la puerta oxidada de mi cuarto de azotea, ese que había llamado “hogar” desde que decidí mandarlo todo al carajo y empezar desde cero. Tenía goteras, humedad, y un ventilador que chillaba cada tres segun