El silencio que quedó entre ellos después de esa confesión no fue incómodo, pero sí peligroso. No había espacio para mentiras ni para huidas, solo una verdad desnuda que los dejaba vulnerables frente al otro. Camila aún sentía el eco de sus propias palabras latiéndole en el pecho —yo sigo enamorada de ti— como si acabara de cruzar una línea de la que ya no podía regresar.
Julián no apartaba la mirada. Había algo distinto en él, algo menos contenido, como si todo lo que había estado reprimiendo