El silencio que quedó después de sus palabras no le dio paz.
Le dio vértigo.
Camila sintió las miradas sobre ella —la de su padre, cargada de tensión, y la de Julián, intensa, casi desesperada—, pero esta vez no quiso sostener ninguna.
Porque si lo hacía… sabía que iba a quebrarse.
Y no podía.
No ahí.
No frente a ellos.
Sin decir una palabra más, giró sobre sus talones, tomó su bolso de la mesa y caminó directo hacia la puerta.
—Camila… —la voz de Julián la alcanzó antes de que pudiera abrir.
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