Los días pasaron.
Y con ellos… la intensidad de aquella noche no desapareció.
Se transformó.
Se instaló.
Se volvió parte de lo cotidiano.
Camila no volvió a encender el teléfono.
El mundo afuera seguía existiendo —lo sabía—, pero eligió no mirarlo. No escuchar. No responder. Como si ignorarlo fuera suficiente para mantenerlo lejos.
Y en ese pequeño universo que se armó en el departamento de Leandro… todo empezó a acomodarse.
Sin palabras.
Sin acuerdos.
Pero con hechos.
Desayunos compartidos.
Si