Pasaron semanas.
Suficientes como para que el silencio dejara de ser un refugio… y empezara a sentirse como una deuda.
Camila estaba sentada en el borde de la cama, con el teléfono en la mano.
Apagado.
Negro.
Como lo había dejado.
Como si ese simple gesto hubiera congelado todo lo demás.
Pero no era así.
Lo sabía.
El mundo no se había detenido.
Las llamadas no desaparecían por no verlas.
Los problemas no se resolvían por ignorarlos.
Y los sentimientos…
mucho menos.
Respiró hondo.
Una vez.
Dos.