El estruendo del cristal rompiéndose no fue solo un sonido; fue el eco de mi propia alma partiéndose en dos.
Durante doscientos años, ese sarcófago había sido mi altar. Cada noche, antes de subir a buscar el calor de una nueva versión de ella, bajaba aquí para recordar por qué hacía lo que hacía. Elara. Mi dulce y frágil Elara, cuyo cuerpo preservé con una devoción que rayaba en la locura, esperando el momento en que su esencia fuera lo suficientemente fuerte para volver a casa.
Y ahora, Ame