El despertar de Julian Vance no fue acompañado por el estruendo de la guerra, sino por un silencio blanco y aséptico. Se encontraba en la enfermería real, un espacio que Amelia había intentado impregnar con el aroma de jazmines frescos para mitigar el olor a ozono y medicina. La luz del sol de Argentia se filtraba por las ventanas, pero Julian no veía el planeta que había gobernado; veía fantasmas.
Sentada a su lado, Amelia sostenía su mano de carne. Sus ojos plateados estaban enrojecidos por l