El cielo de Argentia se había teñido de un gris ceniza, surcado por las estelas de fuego de las cápsulas de desembarco de la Fundación Tierra. Los mercenarios, soldados de fortuna mejorados con biotecnología ilegal, no buscaban diálogo; buscaban los depósitos de éter refinado que Julian había acumulado durante años. La ciudad, privada de su Malla protectora, era una herida abierta que atraía a los carroñeros del espacio.
Julian Vance, o el hombre que creía ser el Cabo Julian Miller, caminaba po