El aire gélido de la noche golpeó el rostro de Amelia como una bofetada necesaria. Detrás de ella, la mansión, aquel mausoleo de seda y secretos, rugía bajo el abrazo del fuego. Las llamas no eran naranjas, sino de un azul eléctrico, alimentadas por la energía sobrenatural que ella misma había desatado en el sótano.
Amelia corrió. Sus pies descalzos golpeaban el pavimento de la carretera privada con una fuerza que agrietaba el suelo. Ya no sentía frío; el fuego de la traición de Julian ardía