Secuestrada por el jefe de la Bratva

Secuestrada por el jefe de la BratvaES

Romance
Última actualización: 2026-03-28
Sasha  Recién actualizado
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Resumen
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Era una bastarda en mi familia, la más menospreciada, la que no valía nada, pero cuando me intercambian por mi hermana en el día de su boda ante la amenaza de ser secuestrada, me di cuenta de que realmente era una más en mi familia. Pero entonces él, aunque estaba interesado en algo que yo poseía, él me hizo entender que era algo más, era más que una simple bastarda y eso hizo que irremediablemente cayera por él.

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Capítulo 1

Capítulo 1

Ginevra Giovanni

Hoy era la boda de mi hermana mayor, lo que parecería un día de pura felicidad para cualquier hermana; para mí, solo era un día más. Alice y yo no éramos las hermanas más amorosas que existían; de hecho, ni siquiera éramos totalmente hermanas. Solo éramos hijas de padre, y eso solo me hizo ser la marginada de la familia, la hija bastarda que había nacido producto de una aventura mientras mi padre jugaba a ser la familia perfecta con Alice.

Nunca conocí a mi madre. Según los rumores, cuando Giulia, mi madrastra, se enteró de que había nacido, buscó secretamente la forma de deshacerse de ella. Tres días después, la encontraron muerta en la habitación de su pequeña casa, conmigo aún en brazos, casi muriendo de hambre.

Papá me acogió en su familia solo porque una niña, hija del Don de la mafia italiana, debía permanecer junto a su padre, para ser vendida al mejor postor cuando llegara la oportunidad, todo con la intención de fortalecer la mafia italiana y sus alianzas delictivas.

En el caso de Alice, ella tenía ventajas; su madre la protegía cual pajarito a su cría, aún en sus veintisiete años, y se había encargado de casarla con el hombre más decente posible perteneciente a la mafia irlandesa. Yo, por mi parte, lo más a lo que podía aspirar era a casarme con algún general del cartel mexicano para fortalecer esa unión. Nada más, nada menos.

—¿Qué haces ahí de pie como una momia? Deberías estar en la habitación, viendo que le hace falta a tu hermana. 

Mi expresión se mantuvo serena, sin dejarle saber que sus palabras me afectaron. Yo no era una sirvienta, pero eso ella jamás lo entendería, así que solo me moví a través del largo pasillo de la villa en dónde se llevaría a cabo la boda y conduje mis pasos hasta la habitación de mi hermana, solo que algo me detuvo. 

Mis pasos se frenaron y miré a ambos lados del pasillo para confirmar que nadie me estaba observando, entonces me acerqué a la puerta…

—¿Estás seguro de esto? —escuché decir a mi padre. 

El silencio se extendió en la habitación y los vellos de mi piel se erizaron por completo.

—¿Giusepe, que está sucediendo? —Esa era la voz de Leonardo, la mano derecha de mi padre. 

—Los malditos rusos saben cual es nuestra ubicación, planean secuestrar a Alice en plena boda. 

El silencio se extendió por la habitación, y mi corazón, que hace unos segundos había estado sonando atronadoramente en mi pecho, ahora estaba helado, frío, como si una capa de hielo lo hubiese cubierto ante la mención de la Bratva; la mafia rusa.

Cuando escuché los pasos dirigiéndose hacia la puerta me apresuré a correr y desaparecer por el pasillo, luego empujé la puerta que daba hacia la habitación de mi hermana y entré tratando de lucir lo menos afectada posible. 

Entonces la vi, a Alice, con su perfecto vestido blanco inmaculado entallando su hermosa figura. Ella era un poco más voluminosa que yo y era la representación perfecta de lo que era una princesa italiana. Con sus cabellos castaños, ojos marrones, una piel oliva impactante y llamativa y una apariencia de dulzura que podía engañar a quien fuera, excepto a mi. 

Ella era todo lo contrario a mi persona, ya que yo estaba lejos de ser una belleza italiana. Era alta, superando el metro setenta, mis cabellos eran rubios, casi blancos, y mis ojos, oh, mis ojos victimas de tanto desprecio, eran azules como el hielo. No saqué ningún rasgo físico de mi padre, solo ese molesto acento italiano que fingía usar para no verme tan fuera de lugar. 

—Al fin estás aquí —susurró mientras continuaban maquillando su bonito rostro —Necesito que me localices mi teléfono en la mesa de noche. 

Soltando un suspiro bajo, me moví hacia la cama, pero antes de tener el teléfono en mis manos, Giulia entró como alma que lleva el diablo en la habitación, escandalizándonos a las dos en el proceso.

—Deja eso y vete —le indicó a la maquilladora.

Esta salió despavorida de la habitación cerrando la puerta tras de ella. 

—Vamos, Alice, no tenemos mucho tiempo. 

—¿Qué está pasando, mamá? —cuestionó haciendo lo que se le decía. 

—Quítate el vestido, rápido, hoy no será tu boda, cariño.

Entonces su mirada mortífera se posó en mí y mi cuerpo sufrió un espasmo involuntario. 

—Desnudate, Ginevra, tú serás la novia hoy. 

Ella chasqueó sus dedos y Alice se desnudó, extendiéndome el vestido blanco e impoluto que mi hermana iba a utilizar ese día. Ahora era yo quien lo llevaría, y no pude sentir más que náuseas al respecto. Alice era virgen, la representación de la pureza y el estereotipo perfecto de una mujer italiana; por eso, aquel vestido era perfecto para ella. Pero yo había sido profanada demasiadas veces como para portar algo tan puro y limpio. Las náuseas atacaron con más fuerza.

—Vestiti (Vístete) —ordenó—. En diez minutos debes estar lista, la boda empezará en menos tiempo de lo esperado. 

—Ginevra, non abbiamo tutto il tuo tempo, i russi arriveranno da un momento all'altro. (No tenemos todo tu maldito tiempo, Ginevra, los rusos llegarán en cualquier momento.) 

Con toda la prisa me ayudó a ponerme el vestido blanco, luego agarró mi cabello rubio y ocultó mis ojos azules con el velo que puso sobre mi cabeza. Mis manos temblaban y mi corazón seguía palpitando tan fuerte que sentía que se me iba a escapar por la boca.  

—Siempre has sido muy chismosa, así que te lo voy a decir una sola vez y espero que recuerdes muy bien esto: no se te ocurra decirle nada a los malditos rusos. Sabes muy bien que tenemos contactos en su organización y no te va a gustar nada cuando envíe a uno de esos hombres a joderte durante la noche, Ginevra. Le debes todo lo que eres a esta familia, porque de ser por tu madre estarías en las calles.

—Non ti dirò niente, te lo prometto. (No les voy a decir nada, lo prometo.)

 —Eso espero, porque voy a estar observándote. Ahora vamos.

****

El dia en que por primera vez llevará un vestido blanco, nunca lo había imaginado así; con el cabello recogido en un moño, con un velo que me cubría toda la cara y bajaba por la parte trasera hasta el suelo, en un intento de cubrir mi figura demasiado diferente a la de mi hermana. 

El corazón me latía a una velocidad desenfrenante mientras repasaba todo lo que había sucedido. Mi padre, mi propio padre, me había hecho prometer que le diría a los rusos que tenía el perímetro asegurado a cincuenta kilómetros a la redonda y que nos habíamos dado cuenta de su llegada, a mí, que lo había escuchado hablar con alguien por teléfono para avisar del ataque de la Bratva, probablemente un mismo miembro de sus filas.

Quise reír a medio pasillo mientras caminaba sola hacia el altar, con las personas sentadas esperando a la novia, mientras Alice y Giulia se escondían en el sótano de la villa para protegerse de cualquier altercado.

Odiaba a esta familia, odiaba a mi media hermana, a mi padre, a todos sus malditos hombres que me habían tratado como basura toda mi vida. Me odiaba a mí misma por no haber huido. Odiaba todo de mí, porque me recordaba que mi madre no era italiana y que solo era una bastarda a la que todos odiaban.

Mi familia no me quería, no le importaba abandonarme a los brazos de la mafia rusa sin derecho a protestar. Pero que me quemara en el infierno si al menos no buscaría la manera de salvar mi pellejo, aun si me llevaba a mi familia en brazos, tal como ellos lo habían hecho conmigo.

Un suspiro largo salió de mi boca cuando me acerqué al pequeño espacio arreglado en la villa para llevar a cabo la ceremonia. Mi pareja, mi supuesto futuro esposo, frunció el ceño cuando intentó levantar mi velo, y solo lo sostuve para evitar que se deshiciera de él.

Pero antes de que pudiera realizar cualquier movimiento o tomar un arma y buscar la manera de defenderme, el caos se desató. Podía escuchar los disparos a lo lejos y luego tan cerca que me atropellaban el oído.

Mi supuesto prometido, en vez de protegerme, dejó que sus hombres lo arrastraran lejos, dejándome en el altar mientras miraba a todos lados. La gente huía como podía, y como si fuera una imagen sacada del infierno, lo vi a él, acercándose con varios hombres protegiéndo sus espaldas.

Él era de piel clara, cabello negro y ojos del mismo color que te hacían sentir que mirabas hacia un pozo negro de alquitrán. Sus pasos eran seguros y confiados, y mientras el mar de disparos se volvía más intenso, solo se acercó a mí con una sonrisa que solo podía prometer miseria y sufrimiento.

—Vas a ser una buena chica y cerrarás la boca; de lo contrario, voy a darte un tiro y te dejaré tirada sobre este mismo suelo para que tu prometido y tu familia lo vean.

Ni siquiera sé por qué lo hice, tal vez la desesperación, la angustia que me embargaba al no poder defenderme, pero solo pude gritar, gritar como si mi vida dependiera de ello, cuando era todo lo contrario. Me di la vuelta, dispuesta a correr del hombre que tenía enfrente.

Y lo único que recibí en respuesta fue un golpe en la nuca que me llevó al mundo de la inconsciencia.

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