Mundo ficciónIniciar sesiónGinevra Giovanni
Estaba en un lugar totalmente desconocido para mí. Llevaba apenas cinco minutos despierta y mi cabeza palpitaba tan dolorosamente que sentía que en cualquier momento estallaría. Dolía demasiado, así que, cuidadosamente, llevé mi mano hasta esa zona para ver si estaba sangrando, pero solo sentía la zona dura y tensa, así que agradecí que la piel no se hubiese abierto.
El lugar en el que me encontraba era oscuro, con moho en las paredes y una puerta maltrecha que suponía era la salida. La humedad en el piso, en el que estaba sentada, era agobiante y, de no ser por las mangas del vestido, estaría muerta de frío. Un aire denso y rancio impregnaba el ambiente, y el sonido lejano de gotas de agua cayendo creaba una atmósfera inquietante. Estaba en una celda; eso era seguro, la apariencia lo decía absolutamente todo.
Las sombras danzaban en las paredes, proyectadas por la escasa luz que se filtraba por una pequeña rejilla en la parte superior de la puerta. Pasaron varios minutos más antes de que la puerta fuera abierta. Mi corazón se apretó al ver al mismo hombre que había interrumpido la boda, el que me había secuestrado.
Seguía vistiendo la misma camiseta negra, las mismas botas militares y el pantalón oscuro, pero esta vez sí me permití recorrer la extensión de piel que tenía al descubierto, dejándome ver la inmensa cantidad de tatuajes que lo cubrían. Él era hermoso y atractivo, pero atemorizante a partes iguales. Y con todos esos tatuajes de calaveras y casi pinturas realistas terroríficas, solo hacía que me sintiera más oprimida con su presencia y lo que era capaz de hacer.
—Entonces, tú eres quien se iba a casar con el maldito irlandés. Tu familia es muy osada, si me lo preguntas. Iban a hacer una boda de alianza sin siquiera consultarme o pedirme permiso, a mí, al maldito Pakhan al que le debían respeto.
Entonces, de eso se trataba todo. La alianza entre irlandeses e italianos era un secreto, una estratagema para acumular poder y acabar con este hombre. Habían hecho todo lo posible por que fuera algo sencillo, secreto, pero de todas formas había acabado dándose cuenta, solo que mi familia también tenía sus contactos y actuaron antes que él, dos veces seguidas.
Entonces me reí, me reí sin poder evitarlo, y su ceño se frunció mientras seguía riéndome y retiraba el velo de mi cabeza, arrancándole de mi cabello y tirándolo al suelo sin importarme que algunos mechones se hubiesen desprendido de mi cabello ante la fuerza que usé para retirarlo.
Me reía porque el Pakhan era este hombre y porque de todas maneras lo habían engañado, otra vez. Probablemente la unión entre mi familia y los irlandeses se estaba llevando a cabo en estos momentos, mientras él creía que había secuestrado a la novia correcta.
—Pareces tener poco respeto por tu vida, italiana.
La palabra "italiana" salió de su boca de forma despectiva, aunque repasaba mi rostro una y otra vez tratando de encontrar esos rasgos italianos de los que hablaba, pero no encontraría ninguno. Yo había hecho lo mismo toda mi vida y había fracasado.
—Da igual —solté—. Acabo de ser secuestrada por los putos rusos. Mi vida no es algo que conservaré por mucho tiempo, y si esperas que te pida de rodillas que me la perdones, secuestraste a la mujer equivocada.
Y volví a reír, porque él no sabía qué tan equivocado estaba, y qué tan segura estaba yo de que claramente había secuestrado a la mujer equivocada.
Con un gruñido furioso, se acercó a mí, me tomó por la base de mi cabello y me puso de pie del frío suelo para que mis ojos se encontraran con los de él casi a la misma altura. El dolor palpitó, pero no hice ninguna mueca ni me quejé.
Yo era alta, demasiado alta para ser una italiana, ya que medía un metro setenta y cinco. Pero este hombre debía estar alcanzando el metro noventa o tal vez más, ya que, aunque estaba de pie, debía mirar hacia arriba para dar con sus ojos.
—Será mejor que colabores, italiana. De lo contrario, tu estancia aquí no será para nada placentera.
—¿Estadía? Parecieras estar seguro de que viviré lo suficiente, pero déjame ser clara: aquí tienes todo el poder sobre mi cuerpo, pero mientras esté encerrada aquí —di varios golpecitos sobre mi cabeza—, no podrás llegar a mí.
Esta vez fue su turno de reír con vehemencia.
—No quieras tentar a la bestia, rubita, porque podría quebrarte en cualquier momento.
—Ni siquiera aunque lo intentaras podrías quebrarme, ruso. He sido rota y pegada muchas veces; una más no hará ninguna diferencia.
Él no respondió, solo dio por terminado el encuentro y me arrojó sobre el frío suelo nuevamente. Me dio una mirada totalmente despectiva y luego se alejó, saliendo de la habitación y dejándome encerrada otra vez en aquel apestoso lugar, solo con el sonido de mis pensamientos maltrechos y el olor a humedad que poco a poco comenzaba a darme náuseas.
Las paredes parecían acercarse, y un escalofrío recorría mi espalda mientras me preguntaba cuánto tiempo más estaría respirando o cuándo sería el momento en el que comenzarían a torturarme para sacar cualquier verdad que tuviera que contar. No tenía muy buenas referencias de los rusos y estaba segura de que pronto vería de qué estaban hechos, más temprano que tarde.







